lunes, 16 de noviembre de 2015

Facebook o la admiración pasiva.





Parece quizás un poco caer en la crítica común hacia las sociedades frías y 
desconectadas que queremos creer que ha generado internet y sus redes  sociales. "Oh, el monstruo del postureo". Es muy fácil caer en críticas 'progres' (hipster, o el denominador de turno que cae en el hoyo de lo políticamente correcto sin un trasfondo real) sin fundamento alguno. Sin embargo, me gustaría abarcar este problema desde una mirada un poco más sustanciosa. 

Pongámonos un segundo en retrospectiva: volvamos a la mirada perpleja que tendrían nuestros antecesores de hace apenas un siglo si les habláramos de esta magia del ciberespacio, la metáfora imposible de concebir para este mundo intangible que existe paralelamente a nosotros, ese mundo semi-mítico que parece abrir cientos de puertas a lo desconocido y crear vínculos, relaciones e informarnos de cosas que apenas podíamos si quiera soñar. No es lejano al milagro del teléfono o el surgimiento de los medios de información. Nos mirarían burlones o quizá asustados ante ideas como chatear con otro ser humano al otro lado del mundo. La revolución es innegable. 
Ahora abandonemos la charla insulsa y centrémonos en la sustancia prometida: Avancemos un poco más en el tiempo, pongamos, otro medio siglo donde el milagro del teléfono no es tan maravilloso y situémonos en la mirada de alguien con más autoridad que nosotros para juzgar el fenómeno que queremos tratar: recuperemos a Ortega y Gasset.
Aunque es más común recurrir a la Meditación de la técnica para este tipo de cuestiones, me gustaría centrarme en otra obra suya más reconocida: La rebelión de las masas. No es momento de hacer un comentario filosófico de este, si no de recordar algunas ideas recogidas en su prólogo para franceses y su epílogo para ingleses. Más allá de la lógica fría y distante que gobierna las técnicas y en la que marca énfasis Ortega, hay un fenómeno más llamativo a nivel social: La creencia de que podemos juzgar eventos y episodios al otro lado del mundo solo por lo que se nos ha dicho de esto: juzgamos a partir de información que asumimos como real, literal e innegable creando fachadas de realidad que enseguida absorbemos.

¿Cómo se aplica este fenómeno a Facebook u otro tipo de redes sociales?

¿Qué es lo que realmente conocemos o creemos conocer acerca de personas o eventos? La propia lógica de este lo explica: los famosos muros. Conocemos únicamente una fachada de todo lo que puede esconderse detrás de cada publicación, noticia o foto. Revelándose como un medio de masas más, Facebook se ha convertido en uno de los foros informativos más grandes del mundo con sus respectivos pros y contras. Si cómo decía Ortega, apenas teníamos la mínima autoridad de juzgar una noticia del otro lado del mundo o posicionarnos a favor o en contra de una causa, Facebook ha creado un espejo de ignorancia aún mayor si cabe. Se nos enseñan pruebas, ¿cómo no caer en la tentación de creer en lo que vemos si prácticamente estamos metiendo el dedo en la llaga?  Lejos de parecernos esa magia lejana y mística, los muros de información se nos presentan tan claros y transparentes cómo cualquier otro objeto percibido por los sentidos. Y no es en este sentido nada tan abominablemente negativo el no caer en la extrañeza ante lo que no se nos presenta tan tangible como es la información detrás de los black mirror, pero desde luego, nos falta aplicar sentidos y juicio a eso que creemos recibir y entender. Falta crítica.
 Lo mismo ocurre con las personas y las relaciones interpersonales: Internet: la gran mascarada. La gran fiesta al ego personal. El río donde fluyen todas las distintas personalidades de nuestra maravillosa era líquida. Ser flexible está de moda. Un día te vendes de una forma y al siguiente de otra.  Nunca sobran causas para el gran espectáculo. Y así como confundimos información de la otra punta del mundo, confundimos así mismo a las personas. Nos asusta la máscara o veces incluso la infravaloramos. Más allá de los juicios estéticos comunes, añadimos ahora el juicio del muro. Esto ha deteriorado cada vez más las relaciones interpersonales. 
Recuperemos la lógica de la distancia que nos trae la nueva era de la técnica de Ortega: Las redes, lejos de acercarte a las personas, genera muros inmensos de distancias aparentemente insalvables. Muy bien, has entrado en contacto con alguien en Singapour, pero al mismo tiempo estás prejuzgando a la mayor parte de tus conocidos cercanos, creyendo saber absolutamente todo de ellos por sus publicaciones y no molestándose en crear vínculos estables. No obstante no echemos la culpa a las redes: si bien son una herramienta que está favoreciendo este fin, no olvidemos quiénes las han creado y desde donde han devenido. Quizá sea hora de cuestionarse a nivel moral y social porqué terminamos cayendo en esto. Quizá sea hora de releer a Ortega. Partamos de su desconfianza para iniciar la crítica al resto de fenómenos tecnológicos.


Bibliografía: 

La sociedad del espectáculo - Guy Debord
Modernidad líquida - Zygmunt Bauman
La rebelión de las masas -  José ortega y Gasset
Meditación de la técnica - José Ortega y Gasset.   

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