Parece
quizás un poco caer en la crítica común hacia las sociedades frías
y
desconectadas que queremos creer que ha generado internet y sus
redes sociales. "Oh, el monstruo del postureo". Es
muy fácil caer en críticas 'progres' (hipster, o
el denominador de turno que cae en el hoyo de lo políticamente
correcto sin un trasfondo real) sin fundamento alguno. Sin
embargo, me gustaría abarcar este problema desde una mirada un poco
más sustanciosa.
Pongámonos
un segundo en retrospectiva: volvamos a la mirada perpleja que
tendrían nuestros antecesores de hace apenas un siglo si les
habláramos de esta magia del ciberespacio, la metáfora imposible de
concebir para este mundo intangible que existe paralelamente a
nosotros, ese mundo semi-mítico que parece abrir cientos de puertas
a lo desconocido y crear vínculos, relaciones e informarnos de cosas
que apenas podíamos si quiera soñar. No es lejano al milagro del
teléfono o el surgimiento de los medios de información. Nos
mirarían burlones o quizá asustados ante ideas como chatear con
otro ser humano al otro lado del mundo. La revolución es innegable.
Ahora
abandonemos la charla insulsa y centrémonos en la sustancia
prometida: Avancemos un poco más en el tiempo, pongamos, otro medio
siglo donde el milagro del teléfono no es tan maravilloso y
situémonos en la mirada de alguien con más autoridad que nosotros
para juzgar el fenómeno que queremos tratar: recuperemos a Ortega y
Gasset.
Aunque
es más común recurrir a la Meditación de la técnica para
este tipo de cuestiones, me gustaría centrarme en otra obra suya más
reconocida: La rebelión de las masas. No es
momento de hacer un comentario filosófico de este, si no de recordar
algunas ideas recogidas en su prólogo para franceses y su epílogo
para ingleses. Más allá de la lógica fría y distante que gobierna
las técnicas y en la que marca énfasis Ortega, hay un fenómeno más
llamativo a nivel social: La creencia de que podemos juzgar eventos y
episodios al otro lado del mundo solo por lo que se nos ha dicho de
esto: juzgamos a partir de información que asumimos como real,
literal e innegable creando fachadas de realidad que enseguida
absorbemos.
¿Cómo
se aplica este fenómeno a Facebook u otro tipo de redes sociales?
¿Qué es
lo que realmente conocemos o creemos conocer acerca de personas
o eventos? La propia lógica de este lo explica: los
famosos muros. Conocemos únicamente una fachada de todo lo
que puede esconderse detrás de cada publicación, noticia o
foto. Revelándose como un medio de masas más, Facebook se
ha convertido en uno de los foros informativos más grandes
del mundo con sus respectivos pros y contras. Si cómo decía Ortega,
apenas teníamos la mínima autoridad de juzgar una noticia
del otro lado del mundo o posicionarnos a favor o en
contra de una causa, Facebook ha creado un espejo de ignorancia
aún mayor si cabe. Se nos enseñan pruebas, ¿cómo
no caer en la tentación de creer en lo que vemos si
prácticamente estamos metiendo el dedo en la llaga? Lejos de
parecernos esa magia lejana y mística, los muros
de información se nos presentan tan claros y transparentes cómo
cualquier otro objeto percibido por los sentidos. Y no es en
este sentido nada tan abominablemente negativo el no caer en la
extrañeza ante lo que no se nos presenta tan tangible como
es la información detrás de los black
mirror, pero desde luego, nos falta aplicar sentidos y
juicio a eso que creemos recibir y entender. Falta crítica.
Lo
mismo ocurre con las personas y las relaciones
interpersonales: Internet: la gran mascarada. La gran fiesta al ego
personal. El río donde fluyen todas las distintas
personalidades de nuestra maravillosa era líquida. Ser
flexible está de moda. Un día te vendes de una forma y al
siguiente de otra. Nunca sobran causas para el gran
espectáculo. Y así como confundimos información de la otra punta
del mundo, confundimos así mismo a las personas. Nos asusta
la máscara o veces incluso la infravaloramos. Más allá de los
juicios estéticos comunes, añadimos ahora el juicio del
muro. Esto ha deteriorado cada vez más las relaciones
interpersonales.
Recuperemos
la lógica de la distancia que nos trae la nueva era de la
técnica de Ortega: Las redes, lejos de acercarte a las
personas, genera muros inmensos de distancias aparentemente
insalvables. Muy bien, has entrado en contacto con alguien en
Singapour, pero al mismo tiempo estás prejuzgando a la mayor parte
de tus conocidos cercanos, creyendo saber
absolutamente todo de ellos por sus publicaciones y no
molestándose en crear vínculos estables. No obstante no
echemos la culpa a las redes: si bien son una herramienta que
está favoreciendo este fin, no olvidemos quiénes las han
creado y desde donde han devenido. Quizá sea hora de
cuestionarse a nivel moral y social porqué terminamos
cayendo en esto. Quizá sea hora de releer a Ortega. Partamos
de su desconfianza para iniciar la crítica al
resto de fenómenos tecnológicos.
Bibliografía:
La sociedad del espectáculo - Guy Debord
Modernidad
líquida - Zygmunt Bauman
La
rebelión de las masas - José ortega y Gasset
Meditación
de la técnica - José Ortega y Gasset.

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